lunes, mayo 30, 2011

Auscultando el huevo de la serpiente


Mujeres en la marcha antiFujimori del 26 de mayo, en singular acto de protesta.

En una ruta de transporte público, a un asiento atrás del que ocupaban dos estudiantes, se oyó parte de una interesante conversación.
- ¡Ni hablar! Yo no puedo votar por 300 000 esterilizaciones forzadas.
- ¿Ah sí? A mí me parecen muy bien ah. ¿Qué puedes hacer con tanta gente que se reproduce así nomás sin condiciones para mantener tantos hijos? Así son los indios, tú pretendes educarlos y ellos no te entienden. Llega el marido borracho y le hace abrir las piernas; y la otra, ignorante, abre las piernas nomás.
- Me pones los pelos de punta con lo que me dices. No te importa el sufrimiento causado…
- Es un mal menor. No abras tanto los ojos –dice riendo–. No soy la única que piensa así. Muchísimos sabemos que esa medida se tomó, y la aprobamos; si no, no la apoyaríamos con nuestro voto.
- Pero ponte en el caso de esas mujeres. ¿A ti te gustaría que te liguen las trompas a la fuerza y con engaños?
- Si fuera ignorante deberían hacerlo. Pero no es el caso pues. Yo no soy una ignorante. Es diferente. Esa gente no percibe la realidad, no se da cuenta por dónde se debe llegar al desarrollo.
- Esa es una muy buena razón. Lo que ocurre es que hasta las razones muy buenas se basan necesariamente en principios.
- Claro, lo sé. Eso lo hemos estudiado en teoría del conocimiento, los principios no necesitan demostración porque son evidencias de la realidad. Y los principios por los que se hicieron las esterilizaciones son bastante obvios, ¡no puedes negarlos!
- Lo que pasa es que para formular un principio es inevitable tomar una parte de la realidad, y al conceptuar la evidencia uno siempre es arbitrario, también lo hemos estudiado.
- ¿A dónde quieres llegar?
- A que a menudo los principios que asumimos están muy contaminados con nuestras emociones y nuestros prejuicios (en nuestro caso, el racismo). Y eso les pone un peligroso sello de parcialidad.
- No me irás a decir que las altas tasas de embarazo de las indias a pesar de su miseria son un prejuicio nuestro.
- No, no podría negar que existía ese fenómeno.
- ¿Entonces? Ahí está, tenían que hacerlo.
- El problema está cuando uno ve sólo lo que quiere ver, en función de lo que quiere justificar; así se hace muy fácil encontrar razones, y muy buenas, que luego calan en la mente de mucha gente. Así, las razones de Hitler para arrasar con los judíos eran brillantes, las de Al Qaeda para destruir Occidente también lo son.
- Ay, qué chistosa. Tu ejemplo sí es gracioso. ¿Cómo vas a comparar una cosa con la otra? No es lo mismo.
- ¿Me dejas demostrarte por qué es parcializada la visión que justifica ese crimen de 200 000 esterilizaciones forzadas?
- Es crimen para ti. Para mí fue una necesidad social.
- Ya. Pero déjame demostrarte.
- Te escucho.
- Basada en la realidad de los indígenas en la sierra peruana, me dices que cuando una cultura reincide en un error que la condena al atraso y la miseria, y cuando a la vez se niega por ignorancia a ser instruida por quienes conocen la solución, se justificaría una intervención externa que violando su albedrío y su constitución física y psicológica, o sea sus derechos humanos, apunte a resolver el problema sin importar el sufrimiento causado porque a fin de cuentas sería un mal menor.
- Sí, eso dije, y es lógico, porque se hace incluso pensando en ellos.
- ¿O por ellos?
- A veces es necesario. Se justifica.
- Bueno, veamos otro problema social que es muy similar al problema que tú has mencionado, y que se está dando especialmente en las clases altas nuestra sociedad: miles de niños y adolescentes sufren por desamor; sus padres están muy concentrados en sus finanzas, en sus negocios; los educan la televisión basura, facebook y el chat; su rendimiento académico deja mucho que desear pues, aunque supere por poco el de las clases bajas, en general no entienden lo que leen, porque no leen como hábito, y no son capaces de formular una relación matemática; y como salida se refugian en una molicie de superficialidad, en la droga desacralizada, en la juerga momentánea; y si estudian una carrera universitaria lo hacen por cumplir, por contentar a sus padres, porque a su pesar deben mantenerse de adultos a sí mismos o saber cómo administrar el negocio de la familia; y han aparecido universidades que no les exigen la excelencia, que sólo les aprueban los cursos porque pagan su pensión, su matrícula y sus subsanaciones; y con todo esto terminan condenados a una mediocridad mayor que la de sus padres, que sólo les asegura éxito material y cero en amor, cero en cultura, cero en calidad humana, cero en libertad. Hace poco leí un informe sobre “la depresión de la tumbona”, se trata de muchísima gente que ansía unas vacaciones que, una vez llegadas, ya no puede disfrutar, porque la oficina absorbió toda su existencia, y ahora sienten tal vacío espiritual que el solaz les es insoportable y deviene una nueva ansiedad por volver a la oficina.
- Pero bueno, esa es una visión.
- Es una visión, como lo es la visión tuya de lo que ocurre en la sierra. Ambas con muchas evidencias tomadas de la realidad. Tú has estudiado en el colegio X, ¿verdad?
- Sí.
- Siendo uno de los más caros y exclusivos, mira cómo ya tiene dos casos de suicidio de sus alumnos por problemas existenciales relacionados con la realidad que grosso modo te he presentado. Esos suicidios son dos casos extremos de un mal generalizado en ese ambiente.
- ¿A dónde quieres llegar?
- Ya hace varios años, este fenómeno fue identificado por profesionales de diversas áreas que han publicado sus conclusiones y sus recomendaciones, se han creado talleres de padres, se ha tratado de formar nueva consciencia; y la cosa sigue de mal en peor. No quiero decir que las soluciones planteadas sean necesariamente las adecuadas, es posible que aún no se haya puesto en marcha una estrategia eficaz.
- ¿Ya ves? Ya sé a dónde quieres llegar. No es lo mismo. Tú misma estás diciendo que nada asegura que se haya encontrado la estrategia acertada.
- De acuerdo, nada lo garantiza. Supón que llegaran al poder unos fundamentalistas de lo autóctono, unos fascistas de lo indígena que añoren el Tawantinsuyo y que repudien a priori todo rasgo de cultura occidental, que antepongan sus fines frente a los derechos humanos.
- No estaríamos yendo a clases de francés.
- Obvio. Cerrarían el Instituto y nos obligarían a estudiar quechua.
- Y si nos negamos, nos matan.
- Claro. Y argumentando que como la élite pudiente no entiende razones, como es ignorante y reincidente en un modo de vida que la condena al atraso… ¿qué “brillante” solución crees que le darían al problema del desamor y la superficialidad de esa clase social?
- (Indignada) ¡Sería terrible!
- No lo dudarían un segundo. Según ellos, habría que evitar que muchos ignorantes ricachones tengan hijos a los que no pueden asegurar una educación amorosa y humanista que garantice su estabilidad emocional. Tú misma estarías ya contada entre las víctimas, yo, mi hermana…
- Tienes razón. Pero me has dicho que no necesariamente se ha encontrado la alternativa correcta. Habría que seguir buscándola pero no se debería proceder con métodos salvajes.
- Seguir buscándola, y aplicarla, implica paciencia y muchísimo esfuerzo, y trabajo en equipo. Implica aspirar a conseguir resultados en el largo plazo porque hablamos de problemas complejos. Un pragmatismo surgido de la impaciencia podría ser criminal. Justamente el amor es lo que propicia una actitud de sana paciencia y esfuerzo compartido.
- Es que cada quien al final tira para su lado.
- ¿Y qué va a pasar si aceptamos que cada quien tire para su lado, con sus soluciones perfectamente justificables según principios arbitrarios y parciales?
- Nos destruimos.
- Quién destruye a quién depende nomás de quién tiene el poder en determinado momento. Si aceptamos la devastación del otro cuando el poder lo ejerce quien nos representa, ¿con qué solvencia iríamos a defender nuestra humanidad cuando los otros lo ejerzan?, sólo podríamos responder con más violencia. Eso: violencia sobre violencia.
- Y odio sobre odio.
- Hace un momento te dije algo del amor…
Continuaban hablando las compañeras cuando el testigo de este diálogo, llegado a su destino, tuvo que abandonar el ómnibus en que agradece haberlas escuchado.

lunes, marzo 21, 2011

Día Internacional de La Poesía (o si se quiere: "¿Feliz día, poetas?")

Me entero de que hoy es el Día Internacional de la Poesía... y en estos tiempos no encuentro mejor homenaje que estas estrofas del maestro Atahualpa Yupanqui.
 

Tú crees que eres distinto porque te dicen poeta
y tienes un mundo aparte más allá de las estrellas.
De tanto mirar la luna ya nada sabes mirar,
eres como un pobre ciego que no sabe a dónde va.
Vete a mirar los mineros, los hombres en el trigal...
y cántale a los que luchan por un pedazo de pan.

[...]
Vive junto con el pueblo, no lo mires desde afuera
que lo primero es ser hombre y lo segundo poeta.

Que lo primero es ser hombre y lo segundo poeta.

viernes, marzo 18, 2011

Lecciones de Fukushima


Si hubiera previsto las consecuencias,
me hubiera hecho relojero.
(Albert Einstein, sobre el desastre atómico de Hiroshima y Nagasaki)

El científico Edward O. Wilson, responsable del concepto de biodiversidad, ha advertido que si toda la humanidad consumiera como se consume en EEUU se necesitarían 4 planetas Tierra para sustentarla.

No es difícil notar que otros países ricos y la clase alta de los países subdesarrollados siguen el patrón consumista de EEUU, y que a él aspiran las clases bajas de todo el mundo; así que este es un mal que está devorando a la humanidad. El consumismo es el acto de consumo que dejando de ser un medio desplaza a la satisfacción de necesidades como la finalidad que le da sentido. Es un caso de enajenación que consiste en el medio convirtiéndose en su propio fin, y como tal conlleva la ideología del menor esfuerzo. Por eso este patrón de comportamiento le ha perdido el respeto a la propia biósfera, porque siendo su propio fin no requiere de otra cosa que lo justifique.

En nuestra coyuntura esto puede entenderse así: hágase el menor esfuerzo y con una planta nuclear obténgase la energía que nos costaría demasiado con paneles solares, hidroeléctricas, molinos de viento y sistemas de captación de energía de las mareas... esto ya sin advertir que buscamos energía de consumismo y no de consumo.

Como bien lo han descubierto los científicos, el cerebro no busca la verdad sino sobrevivir. Pues no habríamos llegado evolutivamente a donde estamos si nuestro cerebro no nos hubiera reconstruido, mediante la percepción, una sub-realidad que se adecúe, éticamente incluso, a nuestra realidad y conveniencia individuales y a la solución más holgazán que resuelva nuestros problemas inmediatos… ¿y después?: ya se verá, alguna nueva solución vendrá, más holgazán aun.*

Pero en los meandros de la evolución natural los riesgos que se corrían no eran equiparables a los de hoy: gracias a mentes que, paradójicamente, no se conformaron con soluciones holgazanas, sobrevinieron la filosofía, la investigación científica y con ésta la alta tecnología. Pero aquellas mentes son excepcionales; el resto de la humanidad sigue siendo en general lo conformista, dogmática, prejuiciosa, ociosa e imitadora de las mayorías, que fue desde sus orígenes. La siguiente imagen es clara: un hombre domina el fuego en una experiencia creadora que le significó conocer sus peligros, luego el fuego dominado cae en manos de los niños que no han vivido esos peligros, y ahora ¿qué hacemos con manadas de ingenuos enamorados del fuego?

Lamentablemente los humanos, que nos hicimos esta especie que somos por imitación**, no solemos imitar los logros de provecho mediato del filósofo o los del científico, no menos inteligentes y creativos que los logros vistosos y de uso inmediato del científico-tecnólogo.

Parece que este patrón consumista es irreversible. Con nuestro cerebro haciéndonos preferir la solución inmediata con el menor esfuerzo, con la facilidad con que manipulamos el núcleo de los átomos, con la irreverencia con que tratamos a la naturaleza y la vemos como almacén de metales preciosos y combustibles fósiles; nuestro futuro como especie no da mucho para el optimismo.

Desgraciadamente no se trata de costumbres que se puedan revertir, ni de comportamientos aprendidos que se puedan desaprender. Se trata de nuestra constitución orgánica, de cómo funciona el cerebro. Somos una humanidad vanidosa y halgazana que no está preparada para sus científicos, y una humanidad que no aprende de sus errores, pues aprender significaría quebrar esa tendencia a hacer el menor esfuerzo, y eso ¡maldita sea! es orgánico.

El reto a la creatividad humana es muy grande si es que queremos mantener este esquema de vida comodón globalizado sin borrar del mapa nuestra civilización. Pero hay visionarios que ya atisbaron soluciones.*** Debemos ser capaces de quebrar nuestras costumbres, de repensar si queremos, si son ciertas, las necesidades que creemos tener: debemos desglobalizarnos primero, y primitivizarnos después. Es muy inteligente y asombrosa nuestra tecnología pero si no tenemos la estatura moral ni espiritual, hay que abjurarla.

Por supuesto que es una tarea titánica. Creer en esta posibilidad es incluso contrariar las leyes de las ciencias humanas; pero aun si no lo hiciéramos, y si no se nos ocurre antes alguna mejor alternativa, el resultado sería de todos modos la aquí propuesta primitivización de la humanidad, en aquel caso póstuma a lo que hoy somos.


_______________________________

* Documentos sugeridos: A Mind of Its Own, libro de Cordelia Fine; y "El cerebro no busca la verdad sino sobrevivir", entrevista que Eduardo Punset hace a la investigadora.

** Los antropólogos evolutivos han probado que junto con el desarrollo de la capacidad intelectual para resolver problemas creativamente, fue la imitación, factor esencial del origen de la cultura, la que nos permitió sortear mil y un obstáculos de vida o muerte en la sabana africana.

*** Unos de ellos es el cineasta japonés Akira Kurosawa en "Sueños", donde vislumbra una aldea que vive en comunión con la naturaleza, como respuesta a la amenaza de devastación de la manipulación del núcleo atómico con fines bélicos y de suministro energético; y en "El cazador", película en que plantea el sinsentido de la civilización a través de la visión de un cazador que siempre vivió como parte de la naturaleza.

miércoles, marzo 16, 2011

Ay Japón, Amor mío...

"Volver a la naturaleza
sería su mayor riqueza"
(un león a otro, hablando de la humanidad
en un tema de Juan Carlos Baglietto)

De nuevo Japón, isla de nuestras lágrimas secas.

El gran artista japonés Akira Kurosawa también fue un profeta: agorero y visionario. Siempre desconfió de la civilización y de este alejamiento estúpido de la vida en armonía con la naturaleza. Su cine siempre mostró su temor a la catástrofe universal que significa el hombre civilizado y globalizado.

El Fujiyama en rojo, uno de los sueños de Kurosawa, aquí la crisis de la devastación:



El demonio lastimero, otro de los sueños de Kurosawa, aquí los efectos de la devastación:



La aldea de los molinos de agua, el último de sus sueños. Otro mundo es posible.

martes, marzo 08, 2011


A todas las mujeres indignadas y a todas a las que no se les permitió estarlo…

LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL AMOR
(Silvio Rodríguez)

[...] porque tú
tenías lazos blancos en la piel
tú, tenías precio puesto desde ayer
tú, valías cuatro cuños de la ley
tú, sentada sobre el miedo
sentada sobre el miedo de correr.

Una buena muchacha de casa decente no puede salir.
Qué diría la gente el domingo en la misa
si saben de ti.
Qué dirían los amigos,
los viejos vecinos
que vienen aquí.
Qué dirían las ventanas,
tu madre y su hermana
y todos los siglos de colonialismo español
que no en balde te han hecho cobarde.
Qué diría Dios
sin amas sin la Iglesia
y sin la ley,
Dios, a quien ya te entregaste en comunión.
[...]

Busca amor con anillos
y papeles firmados
y cuando dejes de amar
ten presente los niños
no dejes tu esposo
ni una buena casa
y si no se resisten
serruchen los bienes
que tienes derecho también
porque tú
tenías lazos blancos en la piel
tú, tenías precio puesto desde ayer
tú, valías cuatro cuños de la ley
tú, sentada sobre el miedo
sentada sobre el miedo de correr.

lunes, febrero 21, 2011

De coherencias e incoherencias


A un vargasllosiano amigo le dije alguna vez que Vargas Llosa sería coherente si cobrara por cada conferencia, y mi amigo lamentablemente se sintió ofendido. Ahora me dice que Slavoj Žižek va a cobrar 130 soles de entrada para su conferencia en Lima, y me pide que le precise si es coherente o no la actitud de “ese izquierdoso”, sustentándose en este hecho para mofarse de la “coherencia de las izquierdas” sin notar que su argumento cojeaba en la falacia de composición, pero molesto con aquéllas de seguro por la irreflexiva y anticipada animadversión que en gran medida le profesan al novelista.

Tal vez Žižek no sea coherente, o quizás sí si es que cobra como showman por su imagen hecha fetiche y entrega a la humanidad sus ideas sin querer lucrar con ellas. Ni siquiera sé si hace o no tal cosa, porque yo hasta ahora sólo he podido leerlo pirateado.

Lo importante, que no le dije a mi amigo en el momento, es que admiro la coherencia como virtud de los más grandes seres humanos mas no podría impugnar a quien no la muestra (tal cosa equivaldría a exigir heroicidad a todos: completo sinsentido); pero sí valdría tachar a quien pretende que se lo tome como lo que sabe que no es. Y me parece claro también que no se puede impugnar al incoherente que cree férreamente no serlo, pero siempre es bueno ayudarlo a que se dé cuenta de ciertas flaquezas que no puede por sí solo advertir.

Mario Vargas Llosa se proclama demócrata y libertario por sobre todas las cosas, y se lo toma como intachable modelo de ciudadano del mundo; pero con qué facilidad atropella el derecho de unos cuantos musulmanes a proteger sus fetiches religiosos de la impertinencia occidental de la fotógrafa Morgana Vargas Llosa, su hija, a quien acompañaba en afán reportero al interior de una mezquita del Iraq invadido. Y pienso que seguramente él mismo no se atrevería en el National Gallery de Londres a fotografiar - acto que por reglamento no está permitido - el hermoso cuadro “Los bañistas de Asnières” de Seurat, la pintura que acaso él más aprecia. Valga en ese caso la ayudita que Santiago Alba Rico le ofreció en un confrontador artículo* para mostrarle que no había sido tan decmócrata como creía.

No sé qué es lo que diga Žižek de sus cobros en Lima, la coherencia es algo que se entiende a través de principios y razones; mas si luego de escuchárselos fuera notorio que le hiciera falta al pensador esloveno alguna ayudita, no habría que dudar en dársela.

Quizá no esté de más decir que ni en uno ni en el otro caso es razón cualquier viso de incoherencia por parte de los autores para despreciar el arte excelso de la novela vargasllosiana o el elevado pensamiento humanístico de Slavoj Žižek.



* http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=1802

Le vendemos un nicho


A mí enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo... 
En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
Quiero tener buena vista. 
Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista. 
JOAN MANUEL SERRAT


Suena el teléfono y preguntan por mí con mi nombre completo, como aparece en la guía telefónica. Quien me llama es una representante de los Jardines de Esperanza, un cementerio privado de mi ciudad, acaso el más caro, y me ofrece el nuevo “Plan de Previsión Familiar”.

—LLegado el momento —me dice la voz melodiosa—, la familia podrá contar con nuestro servicio exclusivo…

—¿Qué momento, señorita?— la interrumpo decididamente.

—Nadie quiere pensar en eso pero es mejor que en medio del dolor uno no tenga que preocuparse por esas cosas, por eso tenemos un plan en que…

—Ah, me está hablando de cuando nos muramos —interrumpo con más decisión.

—¡No es eso, señor! —me dice con una voz entre avergonzada y sonriente. Advierto que trata de tomar mi acotación como una broma, o de que yo lo note así, y también advierto que es consciente de que no era una broma—. Tenemos este plan familiar de contingencia que ofrece servicios de reserva de ubicaciones, velatorio y traslado —evitó pronunciar las horrendas palabras “ataúd” y “entierro”—. Y de antemano puede escoger los modelos y los tendremos preparados, porque hemos tenido casos...

—¿Modelos de qué, señorita?— le digo, algo molesto por esas ganas de no decir las cosas completas, como son.

—De féretros, señor —dice, después de trabarse un momento, ahora sin melodía en la voz, seguro esforzándose en escoger la palabra menos inoportuna pero con la entereza de estar cumpliendo la parte odiosa del deber—. Porque hemos tenido casos —su voz trata de recuperar la melodía— en que llegado el momento la familia no encuentra lo adecuado para...

"¿Qué es lo adecuado?", pienso. Y me parece que lo sería no tener por qué comprarme, a la medida de mi estatus, un lugar en este planeta donde dejar mis desechos o un depósito en que guardarlos.

—... y lo que le ofrecemos es un plan en que ni siquiera le pedimos una letra mensual, esta es una financiación que consiste en...

—Señorita, pero ¿por qué no esperan a que me muera? —interrumpo una vez más—. Con dolor o como sea, mi familia se sentirá unida a mí en el rito de preparar mis exequias —al decir eso empiezo a evocar el sublime capítulo final de “Los Sueños” de Akira Kurosawa.

—Claro, señor —me responde, la sonrisa ya se le siente medio desencajada—. Nadie quiere adelantar ese momento, lo que buscamos es hacerle un servicio, y es algo que le va a traer alivio a la familia, no va a tener que escoger y encontrar posiblemente algo que no le conviene... —y yo divago: a quienes me amaron les hará bien unirse, encontrar, cada quien en otro, algo de mí que pueda haber olvidado, crear una memoria que me integre en sus propias vidas... y sigo evocando las escenas de Kurosawa... quisiera que sea festivo, que celebren a alguien más que cumplió su ciclo queriendo dejar un mundo algo mejor tras su paso por él...

Me doy cuenta de que me distraje, de que la telefonista sigue exponiendo el plan que me ofrece, algo más relajada, cumpliendo su papel, o lo que cree que es su papel:


—... cuando nos llamen no deberán preocuparse por pagos, y si el momento ha llegado muy pronto la familia recibirá un bono de compensación...

—Disculpe, señorita —la corto sin perder la armonía—. Creo que preferimos esperar a que nos muramos.

Se da por vencida. Llanamente me agradece por haberla escuchado, ya sin replicar que no se trata de eso. Sin más eufemismos que afiancen el horror a los significantes de muerte, nicho, entierro, ataúd.

... y me siento más tranquilo de lo que estaba antes de recibir su llamada. Lamento más bien sentir que con mis cuestiones no le pude corresponder el favor.

jueves, febrero 17, 2011

Sobre la ciencia del altruismo y la empatía *


El amor a la familia se puede entender al menos de dos maneras distintas, una es la manera etológica-evolucionista, la cual tiene que ver con grados de consanguinidad y una economía del comportamiento determinada por el gen. John Maynard Smith, Richard Dawkins e Ireanus Eibl-Eibesfeldt, entre otros, han hecho importantes contribuciones en el tema. Esencialmente, nuestros programas genéticos hacen que “tendamos” a ser más solidarios en entornos en que esa solidaridad afecte positivamente a individuos con mayor probabilidad de tener en común con nosotros esos mismos genes, es decir con quienes tenemos vínculos de parentesco. Esto es lógico porque así el gen asegura su existencia en el acervo génico de las siguientes generaciones. Imaginemos que en vez de este gen “altruísta” tenemos uno que no nos hace colaborar, el resultado será que a la larga se pierde una acumulación de ventajas que pone en riesgo la supervivencia del grupo. Imaginemos además un gen que no determine comportamientos altruistas selectivos (según las probabilidades de consanguinidad) sino que nos haga ser colaborativos en cualquier entorno; y pongámoslo en competencia con el gen del altruismo selectivo (aclararé que ambos no pueden estar activados a la vez en un individuo). El resultado será que este último asegurará que más individuos beneficiados portarán copias de él en sus células, porque estos no ayudarán en igual medida a los individuos que muy probablemente no las porten. Resultado evolutivo: tendencia general al altruismo selectivo.

La otra forma de abordar el asunto es tomando en cuenta el efecto de la hormona oxitocina. Esta se libera en ingentes cantidades durante el parto y es responsable entre otras cosas del alto grado de afectividad de la madre con su indefenso recién nacido, e incluso entre la los miembros de la pareja sexual establecida. Esta hormona a su vez ha sido identificada como un disparador del espíritu de generosidad en los humanos.

Pero en este asunto hay más. La amistad sin consanguinidad resulta un aspecto muy importante a considerar en este tema, pues neuroquímicamente también tiene su correlato. Y evolutivamente también se podría explicar en el sentido en que por más que no haya parentesco cercano, dos individuos con intereses comunes que generan afectos entre sí y tienden a colaborar, aseguran la preservación de sendas cadenas genéticas.

A pesar de todo lo dicho, es muy importante tener en cuenta que esto es sólo la base biológica del comportamiento. Es como el hardware de una computadora: sobre esta base se puede programar y reprogramar nuestro comportamiento culturalmente, teniendo en cuenta como analogía que ninguna computadora puede hacer algo para lo que su hardware está impedido, por más que se diseñe el más potente software. Y aquí hay una gran diferencia con los humanos: nosotros sí hemos contravenido ese impedimento natural con el que venimos de fábrica. Pero esto es harina de otro costal y da para mucha más reflexión.

* Este post es un intento de responder a la pregunta de Estefanía, hecha en el post anterior sobre "las taras del amor (occidental)"

lunes, febrero 14, 2011

Las taras del amor (occidental)


"Yo no quiero un amor civilizado."
Joaquín Sabina

"Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz."
Silvio Rodríguez


Cierta vez me animé a preguntar a varios compañeros universitarios si habían tenido alguna relación de pareja en la que no hubieran sufrido, seguro de que la negación unánime de la respuesta me permitiría establecer una ley humana que inexorable nos subyugase, inermes, defraudados. Poco después, convencido de aquel designio fatal, trataba de idear una ética defensiva cuyos principios estaban muy bien sentados en el poético final de un cuento de Oscar Wilde en que un estudiante enamorado, después de un sacrificio cruento, es traicionado por la muchacha que le robaba el sosiego.

- ¡Qué cosa tan necia es el amor! -se dijo el estudiante mientras se marchaba-. No es ni la mitad de útil que la lógica, pues no prueba nada, y siempre nos dice cosas que no van a suceder, y nos hace creer cosas que no son ciertas. De hecho, es muy poco práctico, y como en estos tiempos ser práctico lo es todo, me volveré a la filosofía y estudiaré metafísica.

Así que volvió a su habitación, y sacó un gran libro polvoriento, y se puso a leer.
*

De esta vinculación fatal entre amor y sufrimiento los poetas han hablado hasta el hartazgo, unos lamentánola y otros incluso exaltándola, no sin componer obras cada vez más bellas. Lapidante y excelso es por ejemplo el poeta César Calvo cuando dice que “amores que no lastiman dan lástima”. Y uno de mis poemas preferidos sobre el tema, un hermoso soneto de Manuel González Prada, dedicado al amor, dice:

Si eres un bien arrebatado al cielo
¿Por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto,
las turbias noches de febril desvelo?

Si eres un mal en el terrestre suelo
¿por qué los goces, la sonrisa, el canto,
las esperanzas, el glorioso encanto,
las visiones de paz y de consuelo?

Si eres nieve ¿por qué tus vivas llamas?
Si eres llama ¿por qué tu hielo inerte?
Si eres sombra ¿por qué la luz derramas?

¿Por qué la sombra, si eres luz querida?
Si eres vida ¿por que me das la muerte?
Si eres muerte ¿por qué me das la vida?

En igual medida lo hicieron los cantores. Brillante en su letrística es Joaquín Sabina cuando dice:

Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren

Seguramente hasta aquí, estimado lector, además de haber pensado en cuántos más ejemplos de igual o mayor belleza, ya haya pasado por varios procesos emocionales de identificación personal y sorpresa estética, no exento de un sello conformista de lamento glorioso, pero de lamento al fin.

La buena noticia, o la mala para muchísimos, es que no estamos sentenciados por ningún designio natural ni divino. La investigadora Roxana Kreimer, autora de “Las falacias del amor”, nos dice esto que a muchos nos costaría creer:
"En Occidente ha prevalecido una concepción irracional sobre el amor. Curiosamente éste fue uno de los aportes más significativos de los antiguos griegos —fundadores de la cultura racionalista— a nuestras formas contemporáneas de entender el amor, y también una de las tantas razones por las que se ha establecido un nexo tan estrecho entre amor y sufrimiento. A diferencia de los hindúes, de los chinos o de los japoneses, los griegos no entendieron al amor como una virtud a ser cultivada sino como una enfermedad, como una forma de locura que, aunque muy dulce, puede destruir todo lo que una comunidad e incluso el mismo amante, valoran. El amor no fue considerado un arte, una práctica que se enseña, se aprende y se perfecciona, sino un mecanismo irracional, espontáneo, no intencional e inducido desde el exterior —mediante las flechas de un dios caprichoso— que deja al individuo inerme, a merced de fuerzas completamente externas a sí mismo."

Esta enfermedad, que arrastramos en todas nuestras manifestaciones culturales, es llamada amor-pasión o amor romántico, y su origen ha sido identificado en las composiciones de los trovadores medievales, que culturalmente llevaron a toda una civilización a perder de vista la plasticidad del amor, el hecho de que pueda ser cultivado y construido creativamente. Y que además pueda ser abordado con racionalidad: el sicólogo Walter Risso, autor de importantes estudios sobre el amor, dice con estilo que racionalizar el amor no es cortarle las alas sino enseñarle a volar. Y lo mismo propugnan pensadores de fuste como Erich Fromm que incluso ha escrito, alejado del sentido facilista de los llamados libros de autoayuda, un manual que enseña el arte de amar. Ahí nos habla de pasiones y acciones: lo mórbido es creer que el amor debe ser pura pasión, cuando en verdad podemos potencialmente hacer de él lo contrario sin sustraerle la maravilla. Y nos anima a practicar un amor activo, a edificarlo en nosotros con esfuerzo y voluntad. Pues como cualquier arte que se aprende y que a golpe de esfuerzo se hace sublime, tiene el amor un aspecto racional y un aspecto emotivo, un aspecto consciente y uno inconsciente.

En su “Estudio del hombre”, el antropólogo Ralph Linton critica el hecho de que, aunque en todas las sociedades haya afectos apasionados entre hombre y mujer, la nuestra es la única que los ha puesto como la base del matrimonio.** Dice Linton:
"La mayoría de los grupos los consideran (a dichos afectos) como una desgracia y señalan a las víctimas de estos afectos como tristes ejemplos. Su rareza entre muchas sociedades nos lleva a considerarlos como anormalidades sicológicas a las que nuestra propia cultura ha dado un valor extraordinario, del mismo modo en que otras culturas han realzado el valor de otras anormalidades. El héroe de la película americana moderna siempre es un enamorado romántico, lo mismo que el héroe de los viejos poemas épicos árabes es siempre epiléptico. Un cínico sospecharía que en cualquier población ordinaria la proporción de individuos propensos a un amor romántico tipo Hollywood no es mayor de lo que pudiera serlo la de las personas capaces de tener verdaderos ataques epilépticos. Sin embargo, basta un pequeño estimulo social para que cualquiera de los dos tipos pueda imitarse más o menos perfectamente sin que el imitador llegue a confesarse, aun a sí mismo, que su papel no es original."

Este enfermo es entonces admirado y hay que seguir su ejemplo, porque si no sufre por ella no la ama. Y esta enferma que sufre y por quien alguien sufre es envidiada, hay que tener su suerte. Casi toda la literatura y el cine occidentales se han dedicado a afianzar esta conducta; algunas obras con variaciones irreverentes y subversivas, pero sin librarse a fin de cuentas del modelo romántico instituido.

Y como es de esperarse, y por el hecho de que la institución matrimonial ha surgido como una manera de instituir la propiedad privada a través de la propiedad sexual sobre la mujer, es ésta la que ha resultado siendo la más afectada por esta tara cultural. Las niñas son bombardeadas, desde antes de tener uso de razón, por innumerables estímulos que las hacen soñar en su futuro convertido en cuento de hadas, que las hacen pasar toda su infancia y adolescencia soñando con el grandioso momento de su matrimonio, el día en que comenzarán a comer perdices. Lo irónico es que cuando se instituyó el matrimonio en la Grecia antigua, tal fecha era para la mujer el día más triste de su vida, el comienzo de su infierno programado.***

Las cosas han cambiado mucho con la liberación femenina, pero aún queda harto camino por recorrer. Millones de mujeres siguen viviendo un tercio de su vida en función de la institución que durante los otros dos tercios no les garantiza ningún éxito, ninguna felicidad.

Pero volvamos al amor-pasión. Muchos, al enterarse de esta enfermedad y diagnosticársela, apelarán a la magia y a la fascinación con que nos aborda, las que tan bien describe González Prada en el soneto que hemos leído; y tendrán una respuesta inmediata: el goce lo compensa todo... eso es algo que cada quien debe sopesar; pero es necesario tener presente que aun así contamos con una fisiología del enamoramiento, independiente de modas culturales, que no tiene por qué hacerse disfuncional cuando se suprime ese apasionamiento, ese romanticismo que nos hace sufrir. El acercamiento a la persona escogida —por mecanismos biológicos y culturales de selección sexual— no va a dejar de inundar nuestro cerebro de dopamina, el neurotransmisor responsable de hacernos sentir en las nubes al primer contacto erótico con el galán o galana de turno. Y, aunque pueda activarse más de una vez, tenemos también una fisiología neuroquímica del amor maduro, ese que nos permite tener relaciones de toda una vida, compensando la fugacidad del vínculo puramente erótico del enamoramiento.****

Para concluir, es una cosa estar enfermo y otra distinta regodearse en la enfermedad, suponiéndola digna y notable. El amor que mata es enfermo, y esa enfermedad se hace endémica gracias a la ignorancia, a creer que sus dominios son un misterio lejano del entendimiento. Pero, en fin, quien se inclina por el sufrimiento banal, quien incluso se siente honrado por las innumerables secuelas que esto acarrea, que lo haga sabiendo al menos que su dolor es opcional.


* Oscar Wilde, "El ruiseñor y la rosa".
** Aunque Linton se refiere con esto a la cultura norteamericana, fácilmente se puede aplicar a en sentido amplio a todo Occidente.
*** Para un mejor entendimiento de esto sugiero ver el siguiente documental: http://www.youtube.com/watch?v=Lo51BKwcEgc
**** Para más detalles sugiero ver el documental "Ciencia del sex appeal" de Discovery Channel, el cual se puede encontrar en Youtube. Cabe precisar que en dicho documental se llama "lujuria" a lo que en este artículo yo llamo "el vínculo puramente erótico del enamoramiento", y "enamoramiento" a lo que yo aquí llamo "amor maduro".

miércoles, enero 12, 2011

Arte y ciencia ¿por la humanidad o en contra de ella?


Ni a la ciencia ni al arte se les puede exigir consecuencia con algún constructo de preceptos morales o políticos. Las virtudes que hacen que la creación humana sea arte o ciencia, están más allá del dominio de cualquier corpus ético preestablecido. Ambas se constituyen al margen de los preceptos; aunque siempre, una vez que llegan a interactuar con otros elemenos de su medio social e histórico, cumplen el rol añadido de fundarlos, ratificarlos o combatirlos.

No hay ninguna razón, por ejemplo, para sostener que por cruenta y salvaje la tauromaquia no es arte (y menos para decir que no es cultura). Los críticos de esta afición tienen razones de sobra, basadas en principios éticos, para impugnarla; pero no es aceptable tacharla de antiestética, eso sería pontificar. Y a quienes la siguen y la practican se les debería pedir desde luego un manifiesto ético sobre su posición frente a la tortura y asesinato alevosos de seres provistos de emociones; mas no pedirles que la justifiquen como arte y cultura, que eso lo pueden hacer de llano.

En el siglo pasado, los etólogos han probado que el racismo y la xenofobia son conductas innatas de nuestra especie, nos son connaturales, las heredamos en los genes. Y a su vez han probado que el amor y la solidaridad, la filantropía, son comportamientos creados o aprendidos culturalmente, que no nos han sido dados por la selección natural. Estamos programados para colaborar con el grupo, lo que eran las hordas en nuestros primeros estadios como homo sapiens. Pero ahí queda nuestra solidaridad, que evolutivamente surgió como una manifestación embozada del egoísmo del gen; lo demás es competencia, individualismo y guerra, la manifestación directa del egoísmo del gen(*). El humanismo es entonces construcción cultural, el amor al prójimo y al lejano es un logro de la creatividad humana; porque felizmente también es evidente que la cultura puede imponerse sobre nuestra naturaleza.

Ejemplos sobran. Podría decir como Óscar Wilde, sin temor a equivocarme, que el arte no es moral ni inmoral, sino amoral. Hay tanta literatura, cine, pintura… que carcomen la moral contemporánea, que quiebran la ética de su tiempo y la renuevan. Muy claro es Picasso cuando afirma que la pintura no es adorno de paredes sino arma de guerra, pues es arma de un combate por unos preceptos o por la intuición de ellos, y contra otros que el artista no tolera.

En las ciencias es más evidente la cosa. La física, la psicología de masas, la economía, son instrumentos que permiten crear modelos subjetivos de la realidad para creer que la entendemos, y acomodarla a nuestros intereses. Para matar, para esclavizar, para explotar al hombre; o para curar, para servir, para liberar.

Y por eso la ciencia no es suficiente. Por eso el arte solo también enajena -los invito a ver “El triunfo de la voluntad”, apología del nazismo y obra maestra de la cinematografía universal-. En verdad no somos homo sapiens, el “hombre que sabe”, menos todavía en estos tiempos; somos más bien el “hombre que cree que sabe”.

Para salir de esta trampa: la filosofía, ese conjunto de disciplinas que permiten dejar de saber para comenzar a saber, y saber para dejar de saber.

(*) Para un claro entendimiento de este concepto sugiero la lectura de "El gen egoísta", obra crucial del zoólogo y biólogo evolucionista Richard Dawkins.

sábado, enero 01, 2011

En esta entrada tomo prestado un lúcido artículo de Vargas Llosa, pues aquí ya están expresadas varias cosas que, sobre el tema de las dos entradas anteriores, quisiera decir:

La Civilización del espectáculo

Claudio Pérez, enviado especial de El País a Nueva York para informar sobre la crisis financiera, escribe, en su crónica del viernes 19 de septiembre de 2008: “Los tabloides de Nueva York van como locos buscando un broker que se arroje al vacío desde uno de los imponentes rascacielos que albergan los grandes bancos de inversión, los ídolos caídos que el huracán financiero va convirtiendo en cenizas.” Retengamos un momento esta imagen en la memoria: una muchedumbre de fotógrafos, de paparazzi, avizorando las alturas, con las cámaras listas, para capturar al primer suicida que dé encarnación gráfica, dramática y espectacular a la hecatombe financiera que ha volatilizado billones de dólares y hundido en la ruina a grandes empresas e innumerables ciudadanos. No creo que haya una imagen que resuma mejor el tema de mi charla: la civilización del espectáculo.

Me parece que esta es la mejor manera de definir la civilización de nuestro tiempo, que comparten los países occidentales, los que, sin serlo, han alcanzado altos niveles de desarrollo en Asia, y muchos del llamado Tercer Mundo.

¿Qué quiero decir con civilización del espectáculo? La de un mundo en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas. Entre ellas la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y, en el campo específico de la información, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo.

¿Qué ha hecho que Occidente haya ido deslizándose hacia la civilización del espectáculo? El bienestar que siguió a los años de privaciones de la Segunda Guerra Mundial y la escasez de los primeros años de la posguerra. LLuego de esa etapa durísima, siguió un periodo de extraordinario desarrollo económico. En todas las sociedades democráticas y liberales de Europa y América del Norte las clases medias crecieron como la espuma, se intensificó la movilidad social y se produjo, al mismo tiempo, una notable apertura de los parámetros morales, empezando por la vida sexual, tradicionalmente frenada por las iglesias y el laicismo pacato de las organizaciones políticas, tanto de derecha como de izquierda. El bienestar, la libertad de costumbres y el espacio creciente ocupado por el ocio en el mundo desarrollado constituyó un estímulo notable para que proliferaran como nunca antes las industrias del entretenimiento, promovidas por la publicidad, madre y maestra mágica de nuestro tiempo. De este modo, sistemático y a la vez insensible, divertirse, no aburrirse, evitar lo que perturba, preocupa y angustia, pasó a ser, para sectores sociales cada vez más amplios, de la cúspide a la base de la pirámide social, un mandato generacional, eso que Ortega y Gasset llamaba “el espíritu de nuestro tiempo”, el dios sabroso, regalón y frívolo al que todos, sabiéndolo o no, rendimos pleitesía desde hace por lo menos medio siglo, y cada día más.

Otro factor, no menos importante, para la forja de la civilización del espectáculo ha sido la democratización de la cultura. Se trata de un fenómeno altamente positivo, sin duda, que nació de una voluntad altruista: que la cultura no podía seguir siendo el patrimonio de una élite, que una sociedad liberal y democrática tenía la obligación moral de poner la cultura al alcance de todos, mediante la educación, pero también la promoción y subvención de las artes, las letras y todas las manifestaciones culturales. Esta loable filosofía ha tenido en muchos casos el indeseado efecto de la trivialización y adocenamiento de la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad de los contenidos de los productos culturales se justificaban en razón del propósito cívico de llegar al mayor número de usuarios. La cantidad a expensas de la calidad. Este criterio, proclive a las peores demagogias en el dominio político, en el cultural ha causado reverberaciones imprevistas, entre ellas la desaparición de la alta cultura, obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de sus claves y códigos, y la masificación de la idea misma de cultura. Esta ha pasado ahora a tener casi exclusivamente la acepción que ella adopta en el discurso antropológico, es decir, la cultura son todas las manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, sus creencias, sus usos y costumbres, su indumentaria, sus técnicas, y, en suma, todo lo que en ella se practica, evita, respeta y abomina. Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es poco menos que inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera divertida de pasar el tiempo. Desde luego que la cultura puede ser también eso, pero si termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se deprecia: todo lo que forma parte de ella se iguala y uniformiza al extremo de que una ópera de Wagner, la filosofía de Kant, un concierto de los Rolling Stones y una función del Cirque du Soleil se equivalen.

No es por eso extraño que la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura light, es decir, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir. Atención, no condeno ni mucho menos a los autores de esa literatura entretenida pues hay, entre ellos, pese a la levedad de sus textos, verdaderos talentos, como –para citar sólo a los mejores– Julian Barnes, Milan Kundera, Paul Auster o Haruki Murakami. Si en nuestra época no se emprenden aventuras literarias tan osadas como las de Joyce, Thomas Mann, Faulkner y Proust no es solamente en razón de los escritores; lo es, también, porque la cultura en que vivimos no propicia, más bien desanima, esos esfuerzos denodados que culminan en obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan intensa como la que las hizo posible. Los lectores de hoy quieren libros fácilmente asimilables, que los entretengan, y esa demanda ejerce una presión que se vuelve un poderoso incentivo para los creadores.

Tampoco es casual que la crítica haya poco menos que desaparecido en nuestros medios de información y que se haya refugiado en esos conventos de clausura que son las Facultades de Humanidades y, en especial, los Departamentos de Filología, cuyos estudios son sólo accesibles a los especialistas. Es verdad que los diarios y revistas más serios publican todavía reseñas de libros, de exposiciones y conciertos, pero ¿alguien lee a esos paladines solitarios que tratan de poner cierto orden jerárquico en esa selva y ese caos en que se ha convertido la oferta cultural de nuestros días? Lo cierto es que la crítica, que en la época de nuestros abuelos y bisabuelos desempeñaba un papel central en el mundo de la cultura porque asesoraba a los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían, hoy es una especie en extinción a la que nadie hace caso, salvo cuando se convierte también ella en diversión y en espectáculo.

La literatura light, como el cine light y el arte light, da la impresión cómoda al lector, y al espectador, de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con el mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.

En la civilización del espectáculo es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los “chefs” y los “modistos” y “modistas” tengan en nuestros días el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos. Los hornillos y los fogones y las pasarelas se confunden dentro de las coordenadas culturales de la época con los libros, los conciertos, los laboratorios y las óperas, así como las estrellas de la televisión ejercen una influencia sobre las costumbres, los gustos y las modas que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos. Hace medio siglo, probablemente en Estados Unidos era un Edmund Wilson, en sus artículos de The New Yorker o The New Republic, quien decidía el fracaso o el éxito de un libro de poemas, una novela o un ensayo. Hoy son los programas televisivos de Oprah Winfrey. No digo que esté mal que sea así. Digo simplemente que es así.

El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que, insensiblemente, lo haya llenado la publicidad, convirtiéndose esta en nuestros días no sólo en parte constitutiva de la vida cultural sino en su vector determinante. La publicidad ejerce una influencia decisiva en los gustos, la sensibilidad, la imaginación y las costumbres y de este modo la función que antes tenían, en este campo, los sistemas filosóficos, las creencias religiosas, las ideologías y doctrinas y aquellos mentores que en Francia se conocía como los mandarines de una época, hoy la cumplen los anónimos “creativos” de las agencias publicitarias. Era en cierta forma obligatorio que así ocurriera a partir del momento en que la obra literaria y artística pasó a ser considerada un producto comercial que jugaba su supervivencia o su extinción nada más y nada menos que en los vaivenes del mercado. Cuando una cultura ha relegado al desván de las cosas pasadas de moda el ejercicio de pensar y sustituido las ideas por las imágenes, los productos literarios y artísticos pasan a ser promovidos, y aceptados o rechazados, por las técnicas publicitarias y los reflejos condicionados en un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima. Por ese camino, los esperpentos indumentarios que un John Galliano hace desfilar en las pasarelas de París o los experimentos de la nouvelle cuisine alcanzan el estatuto de ciudadanos honorarios de la alta cultura.

Este estado de cosas ha impulsado la exaltación de la música hasta convertirla en el signo de identidad de las nuevas generaciones en el mundo entero. Las bandas y los cantantes de moda congregan multitudes que desbordan todos los escenarios en conciertos que son, como las fiestas paganas dionisíacas que en la Grecia clásica celebraban la irracionalidad, ceremonias colectivas de desenfreno y catarsis, de culto a los instintos, las pasiones y la sinrazón. No es forzado equiparar estas celebraciones a las grandes festividades populares de índole religiosa de antaño: en ellas se vuelca, secularizado, ese espíritu religioso que, en sintonía con el sesgo vocacional de la época, ha reemplazado la liturgia y los catecismos de las religiones tradicionales por esas manifestaciones de misticismo musical en las que, al compás de unas voces e instrumentos enardecidos que los parlantes amplifican hasta lo inaudito, el individuo se desindividualiza, se vuelve masa y de una inconsciente manera regresa a los tiempos primitivos de la magia y la tribu. Ese es el modo contemporáneo, mucho más divertido por cierto, de alcanzar aquel éxtasis que Santa Teresa o San Juan de la Cruz alcanzaban a través del ascetismo y la fe. En el concierto multitudinario los jóvenes de hoy comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de esa manera intensa y elemental que es el olvido de sí mismos.

La masificación es otro dato, junto con la frivolidad, de la cultura de nuestro tiempo. En este los deportes han alcanzado una importancia que en el pasado sólo tuvieron en la antigua Grecia. Para Platón, Sócrates, Aristóteles y demás frecuentadores de la Academia, el cultivo del cuerpo era simultáneo y complementario del cultivo del espíritu, pues se creía que ambos se enriquecían mutuamente. La diferencia con nuestra época es que ahora, por lo general, la práctica de los deportes se hace a expensas y en lugar del trabajo intelectual. Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el futbol, fenómeno de masas que, al igual que los conciertos de música moderna, congrega muchedumbres y las enardece más que ninguna otra movilización ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias cívicas. Un partido de futbol puede ser desde luego para los aficionados –y yo soy uno de ellos– un espectáculo estupendo, de destreza y armonía del conjunto y de lucimiento individual que entusiasma y subyuga al espectador. Pero, en nuestros días, los grandes partidos de futbol sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas “barras bravas” de ciertos clubes y los estragos que han provocado con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva.

Paradójicamente, el fenómeno de la masificación es paralelo al de la extensión del consumo de drogas a todos los niveles de la pirámide social. Desde luego que el uso de estupefacientes tiene una antigua tradición en Occidente, pero hasta hace relativamente poco tiempo era práctica casi exclusiva de las élites y de sectores reducidos y marginales, como los círculos bohemios, literarios y artísticos, en los que, en el siglo XIX, las flores artificiales tuvieron cultores tan respetables como Charles Baudelaire y Thomas de Quincey.

En la actualidad, la generalización del uso de las drogas no es nada semejante, no responde a la exploración de nuevas sensaciones o visiones emprendida con propósitos artísticos o científicos. Ni es una manifestación de rebeldía contra las normas establecidas por seres inconformes, empeñados en adoptar formas alternativas de existencia. En nuestros días el consumo masivo de mariguana, cocaína, éxtasis, crack, heroína, etcétera, responde a un entorno cultural que empuja a hombres y mujeres a la busca de placeres fáciles y rápidos, que los inmunicen contra la preocupación y la responsabilidad, al encuentro consigo mismo a través de la reflexión y la introspección, actividades eminentemente intelectuales que repelen a la cultura frívola, porque las considera aburridas. Es para huir del vacío y de la angustia que provoca el sentirse libre y obligado a tomar decisiones como qué hacer de sí mismo y del mundo que nos rodea –sobre todo si este enfrenta desafíos y dramas– lo que atiza esa necesidad de distracción que es el motor de la civilización en que vivimos. Para millones de personas las drogas sirven hoy, como las religiones y la alta cultura ayer, para aplacar las dudas y perplejidades sobre la condición humana, la vida, la muerte, el más allá, el sentido o sinsentido de la existencia. Ellas, en la exaltación y euforia o serenidad artificiales que producen, confieren la momentánea seguridad de estar a salvo, redimido y feliz. Se trata de una ficción, no benigna sino maligna en este caso, que aísla al individuo y que sólo en apariencia lo libera de problemas, responsabilidades y angustias. Porque al final todo ello volverá a hacer presa de él, exigiéndole cada vez dosis mayores de aturdimiento y sobreexcitación que en vez de llenar profundizarán su vacío espiritual.

En la civilización del espectáculo el laicismo ha ganado mucho terreno sobre las religiones, en apariencia al menos. Y, entre los todavía creyentes, han aumentado los que sólo lo son a ratos y de boca para afuera, de manera superficial y social, en tanto que en la mayor parte de sus vidas prescinden por entero de la religión. El efecto positivo de la secularización de la vida es que la libertad es ahora más profunda que cuando la recortaban y asfixiaban los dogmas y censuras eclesiásticas. Pero se equivocan quienes creen que porque hoy en día hay en el mundo occidental menos católicos y protestantes que antaño, ha ido desapareciendo la religión en los sectores ganados al laicismo. Eso sólo ocurre en las estadísticas. En verdad, al mismo tiempo que muchos fieles renunciaban a las iglesias tradicionales, comenzaban a proliferar las sectas, los cultos y toda clase de formas alternativas de practicar la religión, desde el espiritualismo oriental en todas sus escuelas y divisiones –budismo, budismo zen, tantrismo, yoga– hasta las iglesias evangélicas que ahora pululan y se dividen y subdividen en los barrios marginales, y pintorescos sucedáneos como el Cuarto Camino, el rosacrucismo, la Iglesia de la Unificación –los “moonies”–, la Cienciología, tan popular en Hollywood, e iglesias todavía más exóticas y epidérmicas.

La razón de esta proliferación de iglesias y pseudoiglesias es que sólo sectores muy reducidos de seres humanos pueden prescindir por entero de la religión, la que, a la inmensa mayoría, le hace falta pues sólo la seguridad que la fe religiosa transmite sobre la trascendencia y el alma la libera del desasosiego, miedo y desvarío en que la sume la idea de la extinción, del perecimiento físico. Y, de hecho, la única manera como entiende y practica una ética la mayoría de los seres humanos es a través de una religión. Sólo pequeñas minorías se emancipan de la religión reemplazando el vacío que ella deja en la vida con la cultura: la filosofía, la ciencia, la literatura y las artes. Pero la cultura que puede cumplir esta función es la alta cultura, que afronta los problemas y no los escabulle, que intenta dar respuestas serias y no lúdicas a los grandes enigmas, interrogaciones y conflictos de que está rodeada la existencia humana. La cultura del espectáculo, de superficie y oropel, de juego y pose, es insuficiente para suplir las certidumbres, mitos, misterios y rituales de las religiones que han sobrevivido a la prueba de los siglos. En la sociedad de nuestro tiempo los estupefacientes y el alcohol suministran aquella tranquilidad momentánea del espíritu y las certezas y alivios que antaño deparaban a los hombres y mujeres los rezos, la confesión, la comunión y los sermones de los párrocos.
Tampoco es casual que, así como en el pasado los políticos en campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes científicos y dramaturgos, hoy busquen la adhesión y el patrocinio de los cantantes de rock y de los actores de cine. Estos han reemplazado a los intelectuales como directores de conciencia política de los sectores medios y populares y ellos encabezan los manifiestos, los leen en las tribunas y salen a la televisión a predicar sobre lo que es bueno y es malo en el campo económico, político y social. En la civilización del espectáculo el cómico es el rey. Por lo demás, la presencia de actores y cantantes no sólo es importante en esa periferia de la vida política que es la opinión pública. Algunos de ellos han participado en elecciones y, como Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger, llegado a tener cargos tan importantes como la presidencia de Estados Unidos y la gobernación de California. Desde luego, no excluyo la posibilidad de que actores de cine y cantantes de rock o de rap puedan hacer estimables sugerencias en el campo de las ideas, pero sí rechazo que el protagonismo político de que hoy día gozan tenga algo que ver con su lucidez o inteligencia. En absoluto: se debe exclusivamente a su presencia mediática y a sus aptitudes histriónicas.

Porque un hecho singular de la civilización del espectáculo es el eclipse de un personaje que desde hace siglos y hasta hace relativamente pocos años desempeñaba un papel importante en la vida de las naciones: el intelectual. Se dice que la denominación de “intelectual” nace durante el caso Dreyfus, en Francia, y las polémicas que desató Émile Zola con su célebre “Yo acuso”, escrito en defensa de aquel oficial judío falsamente acusado de traición a la patria por una conjura de altos mandos antisemitas del Ejército francés. Pero, aunque el término “intelectual” sólo se popularizara a partir de entonces, lo cierto es que la participación de hombres de pensamiento y creación en la vida pública, en los debates políticos, religiosos y de ideas, se remonta a los albores mismos del Occidente. Estuvo presente en la Grecia de Platón y en la Roma de Cicerón, en el Renacimiento de Montaigne y de Maquiavelo, en la Ilustración de Voltaire y Diderot, en el Romanticismo de Lamartine y Victor Hugo y en todos los periodos históricos que condujeron a la modernidad. Paralelamente a su trabajo de investigación, académico o creativo, buen número de escritores y pensadores destacados influyeron con sus escritos, pronunciamientos y tomas de posición en el acontecer político y social, como ocurría cuando yo era joven, en Inglaterra con Bertrand Russell, en Francia con Sartre y Camus, en Italia con Moravia y Vittorini, en Alemania con Günter Grass y Enzensberger, y lo mismo en casi todas las democracias europeas. Basta pensar, en España, en las intervenciones en la vida pública de don José Ortega y Gasset. En nuestros días, el intelectual se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan. Es verdad que algunos de ellos todavía firman manifiestos, envían cartas a los diarios y se enzarzan en polémicas, pero nada de ello tiene seria repercusión en la marcha de la sociedad, cuyos asuntos económicos, institucionales e incluso culturales se deciden por el poder político y administrativo y los llamados poderes fácticos, entre los cuales los intelectuales sólo brillan por su ausencia. Conscientes de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, la mayoría de los intelectuales han optado por la discreción o la abstención en el debate público. Confinados en su disciplina o quehacer particular, dan la espalda a lo que hace medio siglo se llamaba el “compromiso” cívico o moral del escritor y el pensador con la sociedad. Es verdad que hay algunas excepciones, pero, entre ellas, las que suelen contar –porque llegan a los medios– son las encaminadas más a la autopromoción y el exhibicionismo que a la defensa de un principio o un valor. Porque en la civilización del espectáculo el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.

¿Qué ha conducido al empequeñecimiento y volatilización del intelectual en nuestro tiempo? Una razón que debe considerarse es el descrédito en que varias generaciones de intelectuales cayeron por sus simpatías con los totalitarismos nazi, soviético y maoísta, y sus silencios y cegueras frente a horrores como el Holocausto, el gulag y las carnicerías de la revolución cultural. Es, en efecto, desconcertante y abrumador que, en tantos casos, quienes parecían las mentes privilegiadas de su tiempo hicieran causa común con regímenes responsables de genocidios, horrendos atropellos contra los derechos humanos y la abolición de todas las libertades. Pero, en realidad, la verdadera razón para la pérdida total del interés de la sociedad en su conjunto por los intelectuales es consecuencia directa de la ínfima vigencia que tiene el pensamiento en la civilización del espectáculo.

Porque otra característica de ella es el empobrecimiento de las ideas como fuerza motora de la vida cultural. Hoy reina la primacía de las imágenes sobre las ideas. Por eso los medios audiovisuales, el cine, la televisión y ahora internet han ido dejando rezagados a los libros, los que, si las predicciones pesimistas de un George Steiner se confirman, pasarán dentro de no mucho tiempo a las catacumbas. (Los amantes de la anacrónica cultura libresca, como yo, no debemos lamentarlo, pues, si así ocurre, esa marginación tal vez tenga un efecto depurador y aniquile toda la literatura del best-seller, de puro entretenimiento y diversión, la literatura justamente llamada basura no sólo por la superficialidad de sus historias y la indigencia de su forma, sino por su carácter efímero, de literatura de actualidad, hecha para ser consumida y desaparecer, como los jabones y las gaseosas.)

El cine, que, por supuesto, fue siempre un arte de entretenimiento, orientado al gran público, tuvo al mismo tiempo, en su seno, a veces como una corriente marginal y algunas veces central, grandes talentos que, pese a las difíciles condiciones en que debieron siempre trabajar los cineastas por razones de presupuesto y dependencia de las grandes productoras, fueron capaces de producir obras de una gran riqueza, profundidad y originalidad, y de inequívoco sello personal. Pero nuestra época, conforme a la inflexible presión de la cultura dominante, que privilegia el ingenio sobre la inteligencia, las imágenes sobre las ideas,
el humor sobre la gravedad, la banalidad sobre lo profundo y lo frívolo sobre lo serio, ya no produce creadores como Ingmar Bergman o Luchino Visconti o Luis Buñuel. ¿A quién corona ícono el cine de nuestros días? A Woody Allen, que es, a un David Lean o un Orson Welles, lo que Andy Warhol a Gauguin o Van Gogh en pintura o un Dario Fo a un Thomas Mann en literatura.

Tampoco es de sorprender que en la era del espectáculo en el cine los efectos especiales hayan pasado a tener un protagonismo que relega a temas, directores, guión y hasta actores a un segundo plano. Se me podría alegar que ello se debe en buena parte a la prodigiosa evolución tecnológica de los últimos años que permite ahora hacer verdaderos milagros en el campo de la simulación y la fantasía visuales. En parte, sin duda. Pero en otra parte, y acaso la principal, se debe a una cultura que propicia el menor esfuerzo intelectual, no preocuparse ni angustiarse ni, en última instancia, pensar, y más bien abandonarse, en actitud pasiva, a lo que el ahora olvidado Marshall McLuhan –pero que, pese a todo lo que pueda reprocharse de exagerado en sus teorías, fue un sagaz profeta del signo que tomaría la cultura de hoy– llamaba “el baño de las imágenes”, esa entrega sumisa a unas emociones y sensaciones desatadas por un bombardeo inusitado y en ocasiones brillantísimo de imágenes que capturan la atención, aunque ellas, por su naturaleza primaria y pasajera, emboten la sensibilidad y el intelecto del público.

En cuanto a las artes plásticas, ellas se adelantaron a todas las otras expresiones de la vida cultural en sentar las bases de la cultura del espectáculo, estableciendo que el arte podía ser juego y diversión y nada más que eso. Desde que Marcel Duchamp, que, qué duda cabe, era un genio, revolucionó los patrones artísticos de Occidente, estableciendo que un excusado era también una obra de arte si así lo decidía el artista, ya todo fue posible en el ámbito de la pintura y escultura, hasta que un millonario pague doce millones y medio de euros por un tiburón preservado en formol en un recipiente de vidrio y que el autor de esa broma, Damien Hirst, sea hoy reverenciado no como el extraordinario vendedor de embaucos que es sino como uno de los grandes artistas de nuestro tiempo. Tal vez lo sea, pero eso no habla bien de él, sino muy mal de nuestro tiempo, un tiempo en el que el juego y la bravata, el gesto provocador y despojado de sentido, bastan a veces, con la complicidad de las mafias que controlan el mercado del arte y los críticos cómplices o papanatas, para coronar falsos prestigios, confiriendo el estatuto de artistas a grandes ilusionistas que ocultan su indigencia y su vacío detrás del embeleco y la supuesta insolencia. Digo “supuesta” porque el excusado de Duchamp tenía al menos la virtud de la provocación. Pero en nuestros días, en que lo que se espera de los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la bravata y el desplante, sus atrevimientos no son más que las máscaras de un nuevo conformismo. Lo que era antes revolucionario se ha vuelto moda, pasatiempo, juego, un ácido sutil que desnaturaliza el quehacer artístico y lo vuelve una función de Gran Guiñol. En las artes plásticas la frivolización ha llegado a extremos alarmantes. La desaparición de mínimos consensos sobre los valores estéticos hace que en la actualidad todo sea permitido. En ese ámbito la confusión reina y reinará por mucho tiempo, pues ya no es posible discernir con una cierta objetividad qué es tener talento o carecer de él, qué es bello y qué es feo, qué obra representa algo nuevo y durable y cuál no es más que un fuego fatuo. Esa confusión ha convertido el mundo de las artes plásticas en un carnaval donde genuinos creadores y vivillos y embusteros andan revueltos y es a menudo muy difícil diferenciarlos. Inquietante anticipo de los abismos a que puede llegar una cultura que sacrifica toda otra motivación y designio a la de entretener y divertir.

En la civilización del espectáculo la política ha experimentado una banalización acaso más pronunciada que la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades y tics, ocupan casi enteramente el quehacer que antes estaba dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas. El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma de sus presentaciones, que importan más que sus valores, convicciones y principios.

Cuidar de las arrugas, la calvicie, las canas, las monturas de la nariz y el brillo de la dentadura, así como del atuendo, vale tanto, y a veces más, que explicar lo que el político se propone hacer o deshacer a la hora de gobernar. La entrada de la modelo y cantante Carla Bruni al Palacio del Elíseo como Madame Sarkozy, y el fuego de artificio mediático que trajo consigo y que aún no cesa, muestra cómo ni siquiera Francia, el país que se preciaba de mantener viva la vieja tradición de la política como quehacer intelectual, de cotejo de doctrinas e ideas, ha podido resistir y ha sucumbido también a la frivolidad universalmente imperante.
(Entre paréntesis, tal vez convendría dar alguna precisión sobre lo que entiendo por frivolidad. El diccionario llama frívolo a lo ligero, veleidoso e insustancial, pero nuestra época ha dado a esa manera de ser una connotación más compleja. La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante –la representación– hacen las veces de sentimientos e ideas. En una novela que yo admiro, Tirant lo Blanc, una señora da una bofetada a su hijo, un niñito recién nacido, para que llore por la partida de su padre a Jerusalén. Nosotros los lectores nos reímos, divertidos con ese disparate, como si las lágrimas que le arranca esa bofetada a esa pobre criatura pudieran ser confundidas con el sentimiento de tristeza. Pero ni esa dama ni los personajes que contemplan aquella escena se ríen porque para ellos el llanto –es decir la pura forma– es la tristeza. Y no hay otra manera de estar triste que llorando –“derramando vivas lágrimas”, dice la novela– pues en ese mundo formal es la forma la que cuenta, a cuyo servicio están los contenidos de los actos. Eso es la frivolidad, una manera de entender el mundo, la vida, según la cual todo es apariencia, es decir teatro, es decir juego y diversión.)

Comentando la fugaz revolución zapatista del subcomandante Marcos en Chiapas –una revolución que Carlos Fuentes llamó la primera “revolución posmoderna”, apelativo sólo aceptable en su acepción de mera representación sin contenido ni trascendencia, de mojiganga montada por un experto en técnicas de publicidad– Octavio Paz señaló con exactitud el carácter efímero, presentista, sin continuidad, de las acciones (o más bien simulacros) de los políticos contemporáneos:

En el dominio del sexo nuestra época ha experimentado transformaciones notables, gracias a una liberalización de los antiguos prejuicios y tabúes de carácter religioso que mantenían a la vida sexual dentro de un sofocante cepo de prohibiciones. En este campo, sin duda, en el mundo occidental ha habido un progreso extraordinario con la aceptación de las uniones libres, la desaparición de la discriminación machista contra las mujeres, los gays y otras minorías sexuales que poco a poco van siendo integradas en una sociedad que, aunque a veces a regañadientes, va reconociendo el derecho a la libertad sexual entre adultos. Ahora bien, la contrapartida de esta positiva emancipación sexual ha sido, también, la banalización del acto sexual, que, para muchos, sobre todo en las nuevas generaciones, se ha convertido en un deporte o pasatiempo, un quehacer compartido que no tiene más importancia, y acaso menos, que la gimnasia, el baile o el futbol. Tal vez sea sana, en materia de equilibrio psicológico y emocional, esta frivolización del sexo, aunque debería llevarnos a reflexionar el hecho de que, en una época como la nuestra de notable libertad sexual, incluso en las sociedades más abiertas no hayan disminuido los crímenes sexuales y, acaso, hasta hayan aumentado. El sexo light es el sexo sin amor y sin imaginación, el sexo puramente instintivo y animal. Desfoga una necesidad biológica pero no enriquece la vida sensible ni emocional ni estrecha la relación de la pareja más allá del entrevero carnal; en vez de liberar al hombre o a la mujer de la soledad, pasado el acto perentorio y fugaz del amor físico, los devuelve a ella con una inevitable sensación de fracaso y frustración.

El erotismo ha desaparecido, al mismo tiempo que la crítica y la alta cultura. ¿Por qué? Porque el erotismo, que convierte el acto sexual en obra de arte, en un ritual al que la literatura, las artes plásticas, la música y una refinada sensibilidad impregnan de imágenes de elevado virtuosismo estético, es incompatible, la negación misma de ese sexo fácil, expeditivo y promiscuo en el que paradójicamente ha desembocado la libertad conquistada por las nuevas generaciones. El erotismo existe como contrapartida o desacato a la norma, implica una actitud de desafío a las costumbres entronizadas y, por lo mismo, implica secreto y clandestinidad. Sacado a la luz pública, vulgarizado, se banaliza y eclipsa, no produce esa desanimalización y humanización espiritual y artística del quehacer sexual que permitió antaño. Produce pornografía, esa forma de abaratamiento procaz y canalla de ese erotismo que irrigó, en el pasado, una corriente riquísima de obras en la literatura y las artes plásticas, que, inspiradas en las fantasías más atrevidas del deseo sexual, producían memorables creaciones estéticas, desafiaban el statu quo político y moral, combatían por el derecho de los seres humanos al placer, y dignificaban un instinto animal transformándolo en quehacer creativo, en obra de arte.

He dado un largo rodeo para llegar a un asunto capital de esta charla: ¿de qué manera ha influido el periodismo en la civilización del espectáculo y esta en aquel?

De entrada, digamos que la frontera que tradicionalmente separaba al periodismo serio del escandaloso y amarillo ha ido perdiendo nitidez, llenándose de agujeros hasta en muchos casos evaporarse, al extremo de que a veces resulta difícil en nuestros días establecer aquella diferencia en los distintos medios de información. Porque una de las consecuencias de convertir el entretenimiento y la diversión en el valor supremo de una época es que, en el campo de la información, insensiblemente ello va produciendo también un trastorno recóndito de las prioridades: las noticias pasan a ser importantes o secundarias sobre todo, y a veces exclusivamente, no tanto por su significación económica, política, cultural y social como por su carácter novedoso, sorprendente, insólito, escandaloso y espectacular. Sin que se lo haya propuesto el periodismo de nuestros días, siguiendo el mandato cultural imperante, busca entretener y divertir informando, con el resultado inevitable de fomentar, gracias a esta sutil deformación de sus objetivos tradicionales, una prensa también light, ligera, amena, superficial y entretenida que, en los casos extremos, si no tiene a la mano informaciones de esta índole sobre las que dar cuenta, ella misma las fabrica.

Por eso, no debe llamarnos la atención que los casos más notables de conquista de grandes públicos por órganos de prensa los alcancen hoy no las publicaciones serias, las que buscan el rigor, la verdad y la objetividad en la descripción de la actualidad, sino las llamadas “revistas del corazón”, las únicas que desmienten con sus ediciones millonarias el axioma según el cual en nuestra época el periodismo de papel se encoge y retrocede ante la competencia del audiovisual. Esto sólo vale para la prensa que todavía trata, remando contra la corriente, de ser responsable, de informar antes que entretener o divertir al lector. Pero ¿qué decir de un fenómeno como el de Hola? Esa revista, que ahora se publica no sólo en español, sino en cuatro o cinco idiomas, es ávidamente leída –acaso sería más exacto decir hojeada– por millones de lectores en el mundo entero –los de los países más cultos del planeta entre ellos, como Francia e Inglaterra– que, está demostrado, la pasan muy bien con las noticias sobre cómo se casan, descasan, recasan, visten, desvisten, se pelean, se amistan y dispensan sus millones, sus caprichos y sus gustos, disgustos y malos gustos los ricos, triunfadores y famosos de este valle de lágrimas. Yo vivía en Londres cuando apareció la versión inglesa de Hola, Hello, y he visto con mis propios ojos la vertiginosa rapidez con que aquella criatura periodística española conquistó a la tierra de Shakespeare. Por eso, no es exagerado decir que
Hola y congéneres son los productos periodísticos más genuinos de la civilización del espectáculo.

Convertir la información en un instrumento de diversión es abrir poco a poco las puertas de la legitimidad y conferir respetabilidad a lo que, antes, se refugiaba en un periodismo marginal y casi clandestino: el escándalo, la infidencia, el chisme, la violación de la privacidad, cuando no –en los casos peores– al libelo, la calumnia y el infundio.

Porque no existe forma más eficaz de entretener y divertir que alimentando las bajas pasiones del común de los mortales. Entre estas ocupa un lugar epónimo la revelación de la intimidad del prójimo, sobre todo si el prójimo es una figura pública, conocida y prestigiada. Este es un deporte que el periodismo de nuestros días practica sin escrúpulos, amparado en el derecho a la libertad de información, y, aunque existen leyes al respecto y algunas veces –raras veces– hay procesos y sentencias jurídicas que penalizan los excesos, la verdad es que se trata de una costumbre cada vez más generalizada que ha conseguido, de hecho, que en nuestra época la privacidad desaparezca, que ningún rincón de la vida de cualquiera que ocupe la escena pública se libre de ser investigado, revelado y explotado a fin de saciar esa hambre voraz de entretenimiento y diversión que periódicos, revistas y programas de información están obligados a tener en cuenta si quieren sobrevivir y no ser expulsados del mercado. Al mismo tiempo que actúan así, en respuesta a una exigencia de su público, los órganos de prensa, sin quererlo y sin saberlo, contribuyen mejor que nadie a consolidar esa civilización light que ha dado a la frivolidad la supremacía que antes tuvieron las ideas y las realizaciones artísticas.

En un artículo reciente, “No hay piedad para Ingrid ni Clara”,2 Tomás Eloy Martínez se indignaba con el acoso a que han sometido los periodistas practicantes del amarillismo a Ingrid Betancourt y a Clara Rojas, al ser liberadas, luego de seis años en las selvas colombianas secuestradas por las farc, con preguntas tan crueles y estúpidas como si las habían violado, si habían visto violar a otras cautivas o –esto a Clara Rojas– si había tratado de ahogar en un río al hijo que tuvo con un guerrillero. “Este periodismo –escribe Tomás Eloy Martínez– sigue esforzándose por convertir a las víctimas en piezas de un espectáculo que se presenta como información necesaria, pero cuya única función es saciar la curiosidad perversa de los consumidores del escándalo.” Su protesta es justa, desde luego. Su error es suponer que “la curiosidad perversa de los consumidores del escándalo” es patrimonio de una minoría. No es verdad: esa curiosidad carcome a esas vastas mayorías a las que nos referimos cuando hablamos de “opinión pública”, esa vocación maledicente, escabrosa y frívola es la que da el tono cultural de nuestro tiempo y la imperiosa demanda que la prensa toda, en grados distintos y con pericia y formas diferentes, está obligada a atender, tanto la llamada de calidad como la descaradamente escandalosa.

Otra materia que entretiene mucho a la gente es la catástrofe. Todas, desde los terremotos y maremotos hasta los crímenes en serie y, sobre todo, si en ellos hay los agravantes del sadismo y las perversiones sexuales. Por eso, en nuestra época, ni la prensa más seria puede evitar que sus páginas –o espacios– se vayan tiñendo de sangre, de cadáveres y de pedófilos. Porque este es un alimento morboso que necesita y reclama ese apetito de entretenimiento que inconscientemente presiona sobre los medios de comunicación por parte del público lector, oyente o espectador.

Desde luego que toda generalización es falaz y que no se puede meter en el mismo saco a todos por igual. Por supuesto que hay diferencias y que algunos órganos de prensa tratan de resistir la presión del medio en el que operan sin renunciar a los viejos paradigmas de seriedad, objetividad, rigor y fidelidad a la verdad, aunque ello sea aburrido y provoque en los lectores y oyentes el Gran Bostezo del que hablaba Octavio Paz. Señalo una tendencia que marca el quehacer periodístico de nuestro tiempo, sin desconocer que hay diferencias de profesionalismo, de conciencia y comportamiento ético entre los distintos órganos de prensa. Pero la triste verdad es que ningún diario, revista y programa informativo de hoy puede sobrevivir –es decir, mantener un público fiel– si desobedece de manera absoluta los rasgos distintivos de la cultura predominante de la sociedad y el tiempo en el que opera. Desde luego que los grandes órganos de prensa no son meras veletas que deciden su línea editorial, su conducta moral y sus prelaciones informativas en función exclusiva de los sondeos de las agencias sobre los gustos del público. Su función es, también, orientar, asesorar, educar y dilucidar lo que es cierto o falso, justo e injusto, bello y execrable en el vertiginoso vórtice de la actualidad en la que el público se siente confuso y extraviado. Pero para que esta función sea posible es preciso tener un público. Y el órgano de prensa que no comulga en el altar del espectáculo corre hoy el riesgo de perderlo y dirigirse sólo a fantasmas.

Por eso, mi conclusión es pesimista. No está en poder del periodismo por sí solo cambiar la civilización del espectáculo, a la que ha contribuido parcialmente a forjar. Esta es una realidad enraizada en nuestro tiempo, la partida de nacimiento de las nuevas generaciones, una manera de ser, de vivir y acaso también de morir del mundo que nos ha tocado, a nosotros, los afortunados ciudadanos de estos países a los que la democracia, la libertad, las ideas, los valores, los libros, el arte y la literatura de Occidente nos han deparado el privilegio de convertir al entretenimiento pasajero en la aspiración suprema de la vida humana y el derecho de contemplar con cinismo y desdén todo lo que aburre, preocupa y nos recuerda que la vida no sólo es diversión, también drama, dolor, misterio y frustración. ~

Madrid, septiembre de 2008

1. Paz, Octavio, “Chiapas: hechos, dichos y gestos”, en Obra completa, V, 2ª edición, Barcelona, Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, 2002, p. 546.

2. El País, 6 de septiembre de 2008.