martes, diciembre 15, 2015

CINE: “Magallanes” y los escapes imposibles de la memoria

Se ha estrenado en Arequipa, en el Centro Cultural Peruano Norteamericano, la película peruana Magallanes, dirigida por Salvador del Solar, que ya ha recibido importantes premios internacionales.


Basada en el relato “La pasajera” de Alonso Cueto, “Magallanes” es una más de aquellas valiosas obras de ficción que agregan a la cultura peruana retratos del conflicto terrorista desarrollado en los ochentas y principios de los noventas entre Sendero Luminoso y el Estado Peruano, dejando a la población inocente en general como forzoso mártir indefenso.
Obras maestras como la película “La boca del lobo”, de Francisco Lombardi, o la novela “Ese camino existe”, de Luis Fernando Cueto, retratan el momento mismo de los desangramientos y los desgarros en la dignidad, dejando vacío emocional y duros sentimientos de humanidad cual colofones paradójicos sobre el país como realidad. “Magallanes”; junto con la lograda “NN: sin identidad”, de Héctor Gálvez, estrenada este mismo año; se encuentra entre aquellas otras que hablan de las secuelas de tales desgarros y desangramientos, tan pungentes y pesadas como estos mismos.

“Magallanes” es una película que sabe llevar un hilo narrativo con un buen juego de tensiones que, salvo en escasos momentos, agrega interés dramático rumbo a la explosión final, a la vez que compromete al espectador con el devenir de unos y otros personajes durante la trama. Eso además de presentar una situación llamativa que incita reacciones distintivas de ciertas idiosincrasias de la población peruana (léalo en el penúltimo párrafo bajo riesgo de enterarse de importantes detalles de la trama).

“Magallanes” convence con muy logradas escenas, con ritmos intensos en los planos de la propia acción y de las cargas psicológicas, con actuaciones sólidas de Damián Alcázar, Christian Meier, Federico Luppi y Bruno Odar, y con el desempeño sobresaliente de la actriz Magaly Solier. “Magallanes” es una pieza imprescindible del cine nacional, que coloca a Del Solar, por ser esta su ópera prima, como promesa del aún naciente cine peruano.

(Si no quiere conocer detalles que pueden anular la necesaria sorpresa al ver la película, deténgase aquí.)

El experto crítico Ricardo Bedoya, en su blog llamado “Páginas del diario de Satán” (búsquelo en la web), señala acertadamente las tres secuencias sobresalientes de “Magallanes”: el correteo en el mercadillo Polvos Azules; el corte de cabello en que Magallanes (Damián Alcázar) se hace reconocer por Celina (Magaly Solier); y la huída de Celina de la atosigante realidad que la persigue con el paisaje urbano de Lima como fondo poético, metáfora recurrente en el nuevo cine nacional (“Dioses”, “Sigo Siendo”, “Paraíso”, el final de “La ciudad y los perros”…) que parece representar un acoso monstruoso de la civilización a personajes marginados y fracasados.

Varios críticos han señalado los siguientes desaciertos (entre los que incluyo los que yo encuentro) por no agregar intensidad a la estructura dramática y en vez de eso restar verosimilitud, apartar al espectador del seguimiento de la trama o estar desconectados de la armazón narrativa que en su conjunto sí logra coherencia y se mantiene presente hasta el desenlace: la antipatía exagerada de la prestamista; el efectismo en la manera abrupta de presentar la enfermedad del hijo de Celina; el desafío amenazante de los motociclistas que ayudaron a Magallanes a hacerse con el fajo de billetes, lo cual no conduce a nada y más bien siembra expectativas innecesarias; lo predecible de ciertos hechos como el de que el fajo no contuviera billetes; la simpleza con que es secuestrado el personaje de Christian Meier y la ausencia de argumentos que expliquen el porqué de su  violación; la inexplicada riqueza del hijo del exmilitar… pero, como dije, a pesar de esto, los aciertos hacen que ver esta película sea imprescindible para cualquier peruana o peruano que se interese en el cine como valor cultural.

Hay un hecho sobresaliente en la relación de “Magallanes” con su público. Cuando el personaje de Christian Meier es sodomizado y, posteriormente, cuando este rehúsa llevar como una carga tal vejación, muy probablemente se escuchen risas y comentarios festivos en la sala de cine (yo los oí las dos veces que fui a ver la película); incluso algunos críticos señalan el segundo momento mencionado como la desacertada inclusión de un hecho cómico dentro de un momento altamente dramático y comprometido con la dignidad humana, la desgracia de Celina. Pero muchos no advierten que la violación de un hombre (aun siendo encarnado por Christian Meier) y su condicionamiento social a cuidar su imagen dejando el caso impune, no es en sí un hecho cómico sino una desgracia. La risa, como mecanismo de adiestramiento social, excluye lo que desprecia haciéndolo objeto de burla, de modo que el elemento excluido se amolde a sus patrones. Ante estos patrones la sodomización de un “macho” no es desgracia sino motivo de exclusión. Y, en verdad, homofobia y el machismo sí son una desgracia; y es una desgracia reírse de un hombre (más mientras más varonil se le vea) por la indignidad de haber sido sometido a los vejámenes a los que suelen ser sometidas las mujeres. Pero en las salas de cine hay felizmente otro tipo de personas, quienes no festejan la desgracia del hombre sexualmente vejado, para quienes esta no es una desgracia menor, o quienes en verdad no necesitan razonar mucho para ver y sentir la desgracia argumental que es en nuestro caso Celina sin reparación posible ante su sometimiento sexual.


La poética de “Magallanes” es lo que hace a esta película tan valiosa. Además del ya mencionado momento de Lima como fondo de fatalidad; el discurso en quechua manifiesta la imposible comprensión entre distintos grupos sociales distintamente afectados por la violencia del pasado, la imposibilidad peruana de llegar a ser una sola nación; la renuncia del joven adinerado a denunciar la violación queriendo dejar la apariencia de que “aquí —en su conducto excretor— no pasó nada”, así como la fallida pretensión de Celina de liberarse del trauma olvidando el pasado, nos habla del carácter en el fondo azaroso de la fatalidad, de la posición indefensa del individuo ante el mundo; la desmemoria del ex coronel, que no hace a este feliz sino que lo deja en una especie de limbo espiritual, es enfrentada a la odiosa e ineludible memoria de víctimas y de victimarios que también fueron víctimas, y a la de un país que necesita procesar las heridas cuando en verdad lo que quisiera es olvidar; y la decisión de la autoridad a anular toda investigación y anhelo de reivindicación, como desenlace necesario, ante la voluntad de víctimas y victimarios, nos habla de la frustración, de la irreparabilidad, de los límites amargos de la justicia. Esta poética gira en torno a una preocupación existencial de la post-guerra como elemento estructural de nuestra sociedad actual: los escapes imposibles de la memoria, personal e histórica. Por eso “Magallanes” acierta en hablar de lo que somos, y quizás de lo que aún no somos.